sábado, 3 de septiembre de 2016

Cigarros

Mientras escribo esto él está en el salón,
ahí donde las putas los reciben. Él enciende su cigarro
y el olor y el humo se le hacen morbosos a
la puta que él ha elegido. Es la de siempre,
teme variar de cuerpos.
El perfume de ella además de barato apesta por excesivo,
por eso él fuma y lo tapa, o intenta taparlo
antes de quitarse la ropa.
Después se viste, satisfecho, y le habla. Habla para sí
y está convencido de que la puta lo escucha, de que le cree.
Sentado como está en la punta de la cama
busca sus zapatos, tantea porque el cigarro que humea
va hacia los ojos, los cierra, no ve.
La puta lo ayuda y como geisha coloca un zapato,
después otro en cada pie del cliente. También por eso él
elige a ésta, y se va desalmado.
Nada tan bueno como el aire frío afuera,
el humo, el volver a casa, todo como estaba,
el encender otro más.

Inédito

miércoles, 24 de agosto de 2016

Hombre sin auto


Ahora dice que tiene fríos los pies,
camina despacio.
Antes, cuando manejaba, 
cuidaba detenerse a cada cambio de luz, 
vigilaba el trayecto.

Vendió el auto como quien se inclina
y se persigna, rendido, suplicante.
Pide a Dios por una vez que lo contemple,
y que él deje de mirar 
como si fuese Dios. Por una vez,
dice cuando camina, temer, 
decir que teme.

Inédito

jueves, 4 de agosto de 2016

Pero el arte

Lo bueno y lo malo que he perdido no ha sido arte 
sino malentendidos: no saber oír,
trastabillarme;
raro cansancio hacía que diera cosas
por sentado: el abrazo;
hasta un puré era algo tan elaborado que evité pelar papas,
decir sí,
ya fuera por bueno
o malo, sin arte alguna, me equivocaba.

Después descubrí que el errar o el perderse
podrían ser lo mismo, un oficio extravagante. Pero el arte, 
ah el arte, no es oficio
sino servir
un simple puré de papas, ni muy caliente 
ni tibio
  
                                                                                         A Mirta Rosenberg, a Elizabeth Bishop.

Inédito

sábado, 23 de julio de 2016

La cosa

Tristemente oscura, bajé la persiana, miré adentro
nada por aquí ni por allá, deforme, desalmada _dije antes
y ahora qué si no sé dónde ni cómo, resbala 
la idea, 
ese nudo, esa galleta, la incandescente 
cosa.

Inédito

jueves, 16 de junio de 2016

Aída, no sabés. ¿Qué cosa?, ¿libertadora, qué libertadora? ¡Dios mío!

9

Aparecieron unos tanques por la avenida. Los tanques son peores que el viento cuando quiere romper todo. Pasan y hacen un ruido que tapa hasta los oídos. Mi madre nos agarra como abrazándonos y nos tira a Selva y a mí por atrás del tapado. Mi hermano se escapó corriendo y volvió llorando. Ella lo levantó en brazos y se puso a gritar “¡Asesinos!”.
Selva se ríe de nervios y yo me asusto por los tirones. Ahí me doy cuenta de que mi madre también está nerviosa; tiene ásperas las manos y están sudadas. Cuando llegamos a casa, le pide a Selva que ponga Radio Colonia, así se entera mejor. Con la cartera todavía colgada del brazo, agarra el teléfono y llama a la tía Aída. Gritando dice: “Aída, no sabés. ¿Qué cosa?, ¿libertadora, qué libertadora? ¡Dios mío!, hay que terminar esos vestidos, mañana mismo termino las costuras y te veo. Chau.” Y yo sé que hablan de algo que no es eso. ¿Qué vestidos?, si ella no cose y tiene la máquina de la abuela Sara de posaflorero. Ahora dice que vayamos a jugar al jardín y eso quiere decir que se va a poner a anotar unos papeles que siempre terminan en el cesto. O se le caen o los tira hechos un bollo. En el jardín agarré un palito para anotar las letras en la tierra del cantero pelado pero no tuve ganas. Todavía me hinchan los tirones, como si tuviera el tapado puesto y estuviésemos en la avenida. 
A la hora de la cena mi padre casi no habló. Coman, decía ella nada más. Mi padre puso un disco, tiene cara seria o de enojado, si no, no hubiese puesto esa música. Igual, el ruido de las cucharas es más fuerte. Comemos mirando el combinado.


                                                      ******
10

Yo me acuerdo aunque fuera muy chica de cuando mi padre estuvo preso. Me acuerdo porque íbamos los domingos y Selva corría como loca por los pasillos y mi madre la atajaba para que no hiciera bochinche. Ella hacía su famosa torta de limón, y a la entrada nos revisaban a Selva y a mí, y a mi madre aparte, con mi hermano a upa. Y mientras nos tocaban unas gordas horribles, otras desarmaban la torta. “Es la rutina –decían--, a ver si estos comunistas traen algo raro.” Eso decía una gorda pero otra le contestaba que no, “los del comunismo en eso se portan bien, los peores son los otros, los del pabellón 4, esos sí te joden”. Mi madre miraba las migas y las juntaba en su pañuelo para la cabeza, uno que era marrón con cuadrados verdes, de seda vieja. Selva se la pasaba corriendo de un lado a otro como si estuviera en una plaza. En el pabellón estaban contentos, nos convidaban con mate y con pedacitos de torta, alfajores todos aplastados, y al final de la visita sonaba un timbre más fuerte que el del jardín, uno que no terminaba nunca, y ahí mi padre nos daba unos monederitos de hilo sisal que había tejido en la semana, y nos acariciaba la cabeza y las manos como si fuera la última vez que nos veía. Esa cara que ponía no me la olvido; no era que estuviera triste ni serio, era otra cosa que me dejaba la boca seca y no la podía cerrar; se me secaba la garganta y quería irme rápido. Tenía las manos calientes del Bran Metal que había en el pabellón. Hasta me acuerdo del vapor que salía cuando secaban las toallas. Mi madre dice que es increíble que me acuerde tan bien. Pero yo me acuerdo hasta de cuando era más chica todavía; yo tengo una memoria de jabalí.

De Una letra familiar, bajo la luna editorial, 2007.

sábado, 21 de mayo de 2016

Bitácora

Los pajaritos cantan también en New York, las ardillas
corren sobre cables de acero
así como bajan de los árboles del parque,
hay algo que no cuaja en el paisaje,
la ardilla cruza la Quinta Avenida,
gira su cabeza, mira con asombro lo que pasa,
esa aparente salpicadura de tonos,
ketchup más grasa más altura
inconcebible lo que ve si cruza
la anciana sobriedad de Brooklyn
la inconcebible ardilla
en hora pico, esa aparente salpicadura Pollock,
sobre Manhattan la ardilla se yergue,
pequeña como es, y huele la fritanga;
no es cosmopolita el olor a quemado
¿se huele el hidrógeno el napalm los inconcebibles
golpes de estado, la lluvia, los cerezos en flor?
Llueve en New York, los pajaritos
cantan después de la lluvia, y la ardilla va y viene,
trepa hasta la inconcebible terraza
y baja, no sé cómo, hasta un hueco
salpicado
de sangre, azules y cristal, no para hasta morder
la nuez o la avellana.

Inédito

martes, 8 de marzo de 2016

Y ella se les acercó con los volantes y les gritó de todo


Cada año, todos los años, el 8 de marzo pienso y homenajeo de alguna forma a mi madre. Hoy va un fragmento autobiográfico de Una letra familiar:

Mi madre volvió de una manifestación. Está toda colorada y tiene un chichón en la frente, cerca de un ojo. Renguea también. Pero está contenta como si hubiera ido a la fiesta más divertida. Llamó mi padre para saber si había llegado y ella le contesta que sí, que está bien, que a la noche le cuenta. Se ríe, dice que no es nada, que apareció la montada (ella no dice “la policía” ni tampoco le gusta decir “la cana” como a mi hermano) con unos caballos enormes y ella se les acercó con los volantes y les gritó de todo. Y ahí la agarraron del pelo y del tapado, entre los caballos, y dos de la montada sacaron del cinturón las cachiporras y entraron a dar. Y que si no fuera porque se pudo soltar no sé cómo, y no es nada, sólo un golpe, qué plato, un espectáculo, dice, miles éramos y no sólo del Partido, una fiesta la marcha.
Se va rengueando al baño. No mira a nadie, ni a Selva siquiera, ni su renguera mira. Y mi hermano está orgulloso. Yo más o menos. Me imagino esos caballos, brillantes como eran los de los desfiles de 9 de Julio, la veo entre las patas brillantes, hermosas y duras, y ella ahí con los volantes en una mano y sosteniendo la cartera con la otra, como La madre de Gorky. Y no. La miro a Selva que está en la galaxia china y le pregunto si quiere un Nesquick con leche caliente, como un submarino, le digo. Dale _me dice como si le importara tres pitos_, total…. Y ahí la agarraron del pelo y del tapado, entre los caballos, y dos de la montada sacaron del cinturón las cachiporras y entraron a dar. Y que si no fuera porque se pudo soltar no sé cómo, y no es nada, sólo un golpe, qué plato, un espectáculo, dice, miles éramos y no sólo del Partido, una fiesta la marcha.
Se va rengueando al baño. No mira a nadie, ni a Selva siquiera, ni su renguera mira. Y mi hermano está orgulloso. Yo más o menos. Me imagino esos caballos, brillantes como eran los de los desfiles de 9 de Julio, la veo entre las patas brillantes, hermosas y duras, y ella ahí con los volantes en una mano y sosteniendo la cartera con la otra, como La madre de Gorky. Y no. La miro a Selva que está en la galaxia china y le pregunto si quiere un Nesquick con leche caliente, como un submarino, le digo. Dale _me dice como si le importara tres pitos_, total…

De Una letra familiar, bajo la luna editorial, 2007

jueves, 28 de enero de 2016

¿Por qué la llaman naturaleza muerta?

Sueño de una noche de verano

Día de tranquilidad. Antes de la lluvia las frutas se opacan,
hay una distorsión que prepara el brillo que vendrá
después, cuando llueve y el rojo es casi exagerado.
¿Por qué la llaman naturaleza muerta? 
¿Por qué el jarrón
a un lado de la fruta? Y sin embargo, qué daría
por que me tomes de la mano... No, 
el arte no es pobre
ni la vida imita al arte.

Inédito

jueves, 31 de diciembre de 2015

Vejez

¿Has empequeñecido porque fuiste poco
o ensanchado tu abdomen como Buda
a fuerza de creer saber más?
¿Desalmada o, sencillamente, renunciaste
a la forma?

Inédito
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