domingo, 25 de diciembre de 2016

Por piedad, aquí

Buenas palabras

Por caridad
aquí se mueren todos
de amor,
por caridad. 
Por piedad, aquí 
se muere de amor,
por piedad.
Por fortuna, aquí
todo se mueve
como un magma
insólito, indescriptible
pero
vivo,
finalmente vivo.

Irene Gruss
de El mundo incompleto, 1987
en Irene Gruss, La mitad de la verdad, Obra poética reunida 1982-2007, Ediciones Bajo la luna, Buenos Aires, 2008

viernes, 16 de diciembre de 2016

Solarística

¿Acaso yo, como el Otro, no estoy

compuesta de nada?

Mi amigo ahora vive en Paquistán, ¿quién

lo creería? Ni siquiera cables

unen las voces, lo que decimos se escucha y

el entendimiento es grato,

¿igual de tangible, como pelar

un durazno? ¿Habrá duraznos

en Islamabad, donde dice que está mi amigo?

Y hay nada, también, que nos une

como cables, tendones o misterios así.

 


(para mi amigo Ivan)

Inédito

jueves, 3 de noviembre de 2016

Sal

Por volver la vista atrás
pude mirar fracaso tras fracaso tras fracaso,
fuegos vi, la ciudad hecha fuego,
convertida en un apocalipsis precoz. Y
mi nombre perdido hacia un desierto si volteo
la cabeza hacia adelante, hacia
lo que me espera:
soy a duras penas esa mujer de Lot: mi necesidad

no tiene nombre.

De próximo libro.

sábado, 8 de octubre de 2016

Aquíííí, nosotras

55



“¿Qué es la UMA?”* Así la cargamos cuando agarra la hoja y la pone en la máquina para redactar lo de la revista. Y le cantamos: “Aquíííí nosotras, ¿qué es la UMA, eh?”, y ella se ríe pero dice que ahora no escorchemos, que tiene que redactar la columna.
Todos los meses le toca explicar ahí qué es la UMA. Como a veces no le sale, nos pregunta a Selva y a mí qué puede poner. Selva pone cara de a mí no me pregunten y yo medio la ayudo pero siempre termina poniendo lo mismo casi, aunque le diga que esa revista es más aburrida que yo y que no va a convencer a nadie, menos a una mujer ama de casa y menos a una peronista. Y ella me dice no te creas, hemos ganado a muchas mujeres, en los barrios y en las villas, no te creas, en las fábricas la agarran y la leen en los baños, en la parada del colectivo. En la casa la esconden porque el marido las mata si las ve. Hay que lidiar con eso, todo lo que falta, dice.
Y yo para embroncarla le pregunto si cuando venga la revolución se van a acabar esos maridos y los mediocres, y ella salta como loca, pone los ojos como si le hubiese dicho que estamos en Marte, y ahí dice que cuando sea la revolución, todos van a ser ingenieros, brillantes, porque todos van a trabajar de lo que les gusta sin que los explote nadie. La verdad es que yo no le creo mucho. Como cuando la tía Aída dice que los edificios de la Avenida del Libertador se los van a sacar a los ricos y van a ser escuelas y teatros. Parece un cuento para que ellas se lo crean. Mi padre es diferente; él también pone cara de duda como yo o se queda pensando la pregunta.
En cambio mi hermano sale corriendo y trae Nuestra palabra; ¡pero mirá las fotos, aquí está!, y me muestra los monoblocks de la URSS recién construidos, de un gris espantoso. ¿Vos viste algo así?, grita, gratis los hacen, para todo el mundo, para que los hombres puedan pensar y sentir y… Y yo le digo que son feísimos, que ahí nadie puede pensar y sentir como la gente, y que por qué no los dejan creer en dios a los que creían, eh, ¿eso es libertad?, y que lo voy a decir en la próxima reunión, van a ver, a ver qué me dicen. Y ahí sale mi madre con las hojas escritas, chocha con la columna.


*UMA: Unión de Mujeres de la Argentina, órgano del Partido Comunista desde 1946 en adelante. 
De Una letra familiar, Bajo la luna editorial, 2007.
                                                    


                                   

sábado, 3 de septiembre de 2016

Cigarros

Mientras escribo esto él está en el salón,
ahí donde las putas los reciben. Él enciende su cigarro
y el olor y el humo se le hacen morbosos a
la puta que él ha elegido. Es la de siempre,
teme variar de cuerpos.
El perfume de ella además de barato apesta por excesivo,
por eso él fuma y lo tapa, o intenta taparlo
antes de quitarse la ropa.
Después se viste, satisfecho, y le habla. Habla para sí
y está convencido de que la puta lo escucha, de que le cree.
Sentado como está en la punta de la cama
busca sus zapatos, tantea porque el cigarro que humea
va hacia los ojos, los cierra, no ve.
La puta lo ayuda y como geisha coloca un zapato,
después otro en cada pie del cliente. También por eso él
elige a ésta, y se va desalmado.
Nada tan bueno como el aire frío afuera,
el humo, el volver a casa, todo como estaba,
el encender otro más.

Inédito

miércoles, 24 de agosto de 2016

Hombre sin auto


Ahora dice que tiene fríos los pies,
camina despacio.
Antes, cuando manejaba, 
cuidaba detenerse a cada cambio de luz, 
vigilaba el trayecto.

Vendió el auto como quien se inclina
y se persigna, rendido, suplicante.
Pide a Dios por una vez que lo contemple,
y que él deje de mirar 
como si fuese Dios. Por una vez,
dice cuando camina, temer, 
decir que teme.

Inédito

jueves, 4 de agosto de 2016

Pero el arte

Lo bueno y lo malo que he perdido no ha sido arte 
sino malentendidos: no saber oír,
trastabillarme;
raro cansancio hacía que diera cosas
por sentado: el abrazo;
hasta un puré era algo tan elaborado que evité pelar papas,
decir sí,
ya fuera por bueno
o malo, sin arte alguna, me equivocaba.

Después descubrí que el errar o el perderse
podrían ser lo mismo, un oficio extravagante. Pero el arte, 
ah el arte, no es oficio
sino servir
un simple puré de papas, ni muy caliente 
ni tibio
  
                                                                                         A Mirta Rosenberg, a Elizabeth Bishop.

Inédito

sábado, 23 de julio de 2016

La cosa

Tristemente oscura, bajé la persiana, miré adentro
nada por aquí ni por allá, deforme, desalmada _dije antes
y ahora qué si no sé dónde ni cómo, resbala 
la idea, 
ese nudo, esa galleta, la incandescente 
cosa.

Inédito

jueves, 16 de junio de 2016

Aída, no sabés. ¿Qué cosa?, ¿libertadora, qué libertadora? ¡Dios mío!

9

Aparecieron unos tanques por la avenida. Los tanques son peores que el viento cuando quiere romper todo. Pasan y hacen un ruido que tapa hasta los oídos. Mi madre nos agarra como abrazándonos y nos tira a Selva y a mí por atrás del tapado. Mi hermano se escapó corriendo y volvió llorando. Ella lo levantó en brazos y se puso a gritar “¡Asesinos!”.
Selva se ríe de nervios y yo me asusto por los tirones. Ahí me doy cuenta de que mi madre también está nerviosa; tiene ásperas las manos y están sudadas. Cuando llegamos a casa, le pide a Selva que ponga Radio Colonia, así se entera mejor. Con la cartera todavía colgada del brazo, agarra el teléfono y llama a la tía Aída. Gritando dice: “Aída, no sabés. ¿Qué cosa?, ¿libertadora, qué libertadora? ¡Dios mío!, hay que terminar esos vestidos, mañana mismo termino las costuras y te veo. Chau.” Y yo sé que hablan de algo que no es eso. ¿Qué vestidos?, si ella no cose y tiene la máquina de la abuela Sara de posaflorero. Ahora dice que vayamos a jugar al jardín y eso quiere decir que se va a poner a anotar unos papeles que siempre terminan en el cesto. O se le caen o los tira hechos un bollo. En el jardín agarré un palito para anotar las letras en la tierra del cantero pelado pero no tuve ganas. Todavía me hinchan los tirones, como si tuviera el tapado puesto y estuviésemos en la avenida. 
A la hora de la cena mi padre casi no habló. Coman, decía ella nada más. Mi padre puso un disco, tiene cara seria o de enojado, si no, no hubiese puesto esa música. Igual, el ruido de las cucharas es más fuerte. Comemos mirando el combinado.


                                                      ******
10

Yo me acuerdo aunque fuera muy chica de cuando mi padre estuvo preso. Me acuerdo porque íbamos los domingos y Selva corría como loca por los pasillos y mi madre la atajaba para que no hiciera bochinche. Ella hacía su famosa torta de limón, y a la entrada nos revisaban a Selva y a mí, y a mi madre aparte, con mi hermano a upa. Y mientras nos tocaban unas gordas horribles, otras desarmaban la torta. “Es la rutina –decían--, a ver si estos comunistas traen algo raro.” Eso decía una gorda pero otra le contestaba que no, “los del comunismo en eso se portan bien, los peores son los otros, los del pabellón 4, esos sí te joden”. Mi madre miraba las migas y las juntaba en su pañuelo para la cabeza, uno que era marrón con cuadrados verdes, de seda vieja. Selva se la pasaba corriendo de un lado a otro como si estuviera en una plaza. En el pabellón estaban contentos, nos convidaban con mate y con pedacitos de torta, alfajores todos aplastados, y al final de la visita sonaba un timbre más fuerte que el del jardín, uno que no terminaba nunca, y ahí mi padre nos daba unos monederitos de hilo sisal que había tejido en la semana, y nos acariciaba la cabeza y las manos como si fuera la última vez que nos veía. Esa cara que ponía no me la olvido; no era que estuviera triste ni serio, era otra cosa que me dejaba la boca seca y no la podía cerrar; se me secaba la garganta y quería irme rápido. Tenía las manos calientes del Bran Metal que había en el pabellón. Hasta me acuerdo del vapor que salía cuando secaban las toallas. Mi madre dice que es increíble que me acuerde tan bien. Pero yo me acuerdo hasta de cuando era más chica todavía; yo tengo una memoria de jabalí.

De Una letra familiar, bajo la luna editorial, 2007.
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