9
Aparecieron unos tanques por la avenida. Los tanques son peores que el viento cuando quiere romper todo. Pasan y hacen un ruido que tapa hasta los oídos. Mi madre nos agarra como abrazándonos y nos tira a Selva y a mí por atrás del tapado. Mi hermano se escapó corriendo y volvió llorando. Ella lo levantó en brazos y se puso a gritar “¡Asesinos!”.
Selva se ríe de nervios y yo me asusto por los tirones. Ahí me doy cuenta de que mi madre también está nerviosa; tiene ásperas las manos y están sudadas. Cuando llegamos a casa, le pide a Selva que ponga Radio Colonia, así se entera mejor. Con la cartera todavía colgada del brazo, agarra el teléfono y llama a la tía Aída. Gritando dice: “Aída, no sabés. ¿Qué cosa?, ¿libertadora, qué libertadora? ¡Dios mío!, hay que terminar esos vestidos, mañana mismo termino las costuras y te veo. Chau.” Y yo sé que hablan de algo que no es eso. ¿Qué vestidos?, si ella no cose y tiene la máquina de la abuela Sara de posaflorero. Ahora dice que vayamos a jugar al jardín y eso quiere decir que se va a poner a anotar unos papeles que siempre terminan en el cesto. O se le caen o los tira hechos un bollo. En el jardín agarré un palito para anotar las letras en la tierra del cantero pelado pero no tuve ganas. Todavía me hinchan los tirones, como si tuviera el tapado puesto y estuviésemos en la avenida.
A la hora de la cena mi padre casi no habló. Coman, decía ella nada más. Mi padre puso un disco, tiene cara seria o de enojado, si no, no hubiese puesto esa música. Igual, el ruido de las cucharas es más fuerte. Comemos mirando el combinado.
******
10
Yo me acuerdo aunque fuera muy chica de cuando mi padre estuvo preso. Me acuerdo porque íbamos los domingos y Selva corría como loca por los pasillos y mi madre la atajaba para que no hiciera bochinche. Ella hacía su famosa torta de limón, y a la entrada nos revisaban a Selva y a mí, y a mi madre aparte, con mi hermano a upa. Y mientras nos tocaban unas gordas horribles, otras desarmaban la torta. “Es la rutina –decían--, a ver si estos comunistas traen algo raro.” Eso decía una gorda pero otra le contestaba que no, “los del comunismo en eso se portan bien, los peores son los otros, los del pabellón 4, esos sí te joden”. Mi madre miraba las migas y las juntaba en su pañuelo para la cabeza, uno que era marrón con cuadrados verdes, de seda vieja. Selva se la pasaba corriendo de un lado a otro como si estuviera en una plaza. En el pabellón estaban contentos, nos convidaban con mate y con pedacitos de torta, alfajores todos aplastados, y al final de la visita sonaba un timbre más fuerte que el del jardín, uno que no terminaba nunca, y ahí mi padre nos daba unos monederitos de hilo sisal que había tejido en la semana, y nos acariciaba la cabeza y las manos como si fuera la última vez que nos veía. Esa cara que ponía no me la olvido; no era que estuviera triste ni serio, era otra cosa que me dejaba la boca seca y no la podía cerrar; se me secaba la garganta y quería irme rápido. Tenía las manos calientes del Bran Metal que había en el pabellón. Hasta me acuerdo del vapor que salía cuando secaban las toallas. Mi madre dice que es increíble que me acuerde tan bien. Pero yo me acuerdo hasta de cuando era más chica todavía; yo tengo una memoria de jabalí.
De Una letra familiar, bajo la luna editorial, 2007.
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jueves, 16 de junio de 2016
martes, 8 de marzo de 2016
Y ella se les acercó con los volantes y les gritó de todo
Cada año, todos los años, el 8 de marzo pienso y homenajeo de alguna forma a mi madre. Hoy va un fragmento autobiográfico de Una letra familiar:
Mi madre volvió de una manifestación. Está toda colorada y tiene un chichón en la frente, cerca de un ojo. Renguea también. Pero está contenta como si hubiera ido a la fiesta más divertida. Llamó mi padre para saber si había llegado y ella le contesta que sí, que está bien, que a la noche le cuenta. Se ríe, dice que no es nada, que apareció la montada (ella no dice “la policía” ni tampoco le gusta decir “la cana” como a mi hermano) con unos caballos enormes y ella se les acercó con los volantes y les gritó de todo. Y ahí la agarraron del pelo y del tapado, entre los caballos, y dos de la montada sacaron del cinturón las cachiporras y entraron a dar. Y que si no fuera porque se pudo soltar no sé cómo, y no es nada, sólo un golpe, qué plato, un espectáculo, dice, miles éramos y no sólo del Partido, una fiesta la marcha.
Se va rengueando al baño. No mira a nadie, ni a Selva siquiera, ni su renguera mira. Y mi hermano está orgulloso. Yo más o menos. Me imagino esos caballos, brillantes como eran los de los desfiles de 9 de Julio, la veo entre las patas brillantes, hermosas y duras, y ella ahí con los volantes en una mano y sosteniendo la cartera con la otra, como La madre de Gorky. Y no. La miro a Selva que está en la galaxia china y le pregunto si quiere un Nesquick con leche caliente, como un submarino, le digo. Dale _me dice como si le importara tres pitos_, total…. Y ahí la agarraron del pelo y del tapado, entre los caballos, y dos de la montada sacaron del cinturón las cachiporras y entraron a dar. Y que si no fuera porque se pudo soltar no sé cómo, y no es nada, sólo un golpe, qué plato, un espectáculo, dice, miles éramos y no sólo del Partido, una fiesta la marcha.
Se va rengueando al baño. No mira a nadie, ni a Selva siquiera, ni su renguera mira. Y mi hermano está orgulloso. Yo más o menos. Me imagino esos caballos, brillantes como eran los de los desfiles de 9 de Julio, la veo entre las patas brillantes, hermosas y duras, y ella ahí con los volantes en una mano y sosteniendo la cartera con la otra, como La madre de Gorky. Y no. La miro a Selva que está en la galaxia china y le pregunto si quiere un Nesquick con leche caliente, como un submarino, le digo. Dale _me dice como si le importara tres pitos_, total…
Se va rengueando al baño. No mira a nadie, ni a Selva siquiera, ni su renguera mira. Y mi hermano está orgulloso. Yo más o menos. Me imagino esos caballos, brillantes como eran los de los desfiles de 9 de Julio, la veo entre las patas brillantes, hermosas y duras, y ella ahí con los volantes en una mano y sosteniendo la cartera con la otra, como La madre de Gorky. Y no. La miro a Selva que está en la galaxia china y le pregunto si quiere un Nesquick con leche caliente, como un submarino, le digo. Dale _me dice como si le importara tres pitos_, total…
De Una letra familiar, bajo la luna editorial, 2007
miércoles, 17 de junio de 2015
Ella lo levantó en brazos y se puso a gritar “¡Asesinos!”
9
Aparecieron unos tanques por la avenida. Los tanques son peores que el viento cuando quiere romper todo. Pasan y hacen un ruido que tapa hasta los oídos. Mi madre nos agarra como abrazándonos y nos tira a Selva y a mí por atrás del tapado. Mi hermano se escapó corriendo y volvió llorando. Ella lo levantó en brazos y se puso a gritar “¡Asesinos!”.
Selva se ríe de nervios y yo me asusto por los tirones. Ahí me doy cuenta de que mi madre también está nerviosa; tiene ásperas las manos y están sudadas. Cuando llegamos a casa, le pide a Selva que ponga Radio Colonia, así se entera mejor. Con la cartera todavía colgada del brazo, agarra el teléfono y llama a la tía Aída. Gritando dice: “Aída, no sabés. ¿Qué cosa?, ¿libertadora, qué libertadora? ¡Dios mío!, hay que terminar esos vestidos, mañana mismo termino las costuras y te veo. Chau.” Y yo sé que hablan de algo que no es eso. ¿Qué vestidos?, si ella no cose y tiene la máquina de la abuela Sara de posaflorero. Ahora dice que vayamos a jugar al jardín y eso quiere decir que se va a poner a anotar unos papeles que siempre terminan en el cesto. O se le caen o los tira hechos un bollo. En el jardín agarré un palito para anotar las letras en la tierra del cantero pelado pero no tuve ganas. Todavía me hinchan los tirones, como si tuviera el tapado puesto y estuviésemos en la avenida.
A la hora de la cena mi padre casi no habló. Coman, decía ella nada más. Mi padre puso un disco, tiene cara seria o de enojado, si no, no hubiese puesto esa música. Igual, el ruido de las cucharas es más fuerte. Comemos mirando el combinado.
De Una letra familiar, bajo la luna editorial, 2007.
Aparecieron unos tanques por la avenida. Los tanques son peores que el viento cuando quiere romper todo. Pasan y hacen un ruido que tapa hasta los oídos. Mi madre nos agarra como abrazándonos y nos tira a Selva y a mí por atrás del tapado. Mi hermano se escapó corriendo y volvió llorando. Ella lo levantó en brazos y se puso a gritar “¡Asesinos!”.
Selva se ríe de nervios y yo me asusto por los tirones. Ahí me doy cuenta de que mi madre también está nerviosa; tiene ásperas las manos y están sudadas. Cuando llegamos a casa, le pide a Selva que ponga Radio Colonia, así se entera mejor. Con la cartera todavía colgada del brazo, agarra el teléfono y llama a la tía Aída. Gritando dice: “Aída, no sabés. ¿Qué cosa?, ¿libertadora, qué libertadora? ¡Dios mío!, hay que terminar esos vestidos, mañana mismo termino las costuras y te veo. Chau.” Y yo sé que hablan de algo que no es eso. ¿Qué vestidos?, si ella no cose y tiene la máquina de la abuela Sara de posaflorero. Ahora dice que vayamos a jugar al jardín y eso quiere decir que se va a poner a anotar unos papeles que siempre terminan en el cesto. O se le caen o los tira hechos un bollo. En el jardín agarré un palito para anotar las letras en la tierra del cantero pelado pero no tuve ganas. Todavía me hinchan los tirones, como si tuviera el tapado puesto y estuviésemos en la avenida.
A la hora de la cena mi padre casi no habló. Coman, decía ella nada más. Mi padre puso un disco, tiene cara seria o de enojado, si no, no hubiese puesto esa música. Igual, el ruido de las cucharas es más fuerte. Comemos mirando el combinado.
De Una letra familiar, bajo la luna editorial, 2007.
martes, 30 de agosto de 2011
viernes, 4 de marzo de 2011
Levanté la cabeza y miré el sol
3
Yo me acuerdo cuando una vez a la tarde no fuimos a la playa porque mi abuelo se murió en el jardín de adelante. Estaba jugando con él a subirnos a las rejas de la ventana, y de repente él se cansó y me dijo que iba a dormir una siestita. Yo estaba parada junto al rosal, entonces él vino y se acostó al lado mío para dormirse acompañado. Pero vino mi madre y la abuela Sara salía y entraba de la casa a los gritos haciendo un escándalo que no entendía. Lo van a despertar, me decía yo, está lo más tranquilo y lo están molestando. Y a mí me sacaron del jardín y después no pudimos ir ni a los médanos. Me gritaban que me quede quieta y callada. Y mi abuelo se fue, porque yo no lo vi más. Y ahora cuando me preguntan digo que se murió a la siesta. Ni él ni yo nos hicimos problema. Estaba tan tranquilo, y ellos vinieron y lo jorobaron todo el tiempo. Lo taparon con una lona grande que llevábamos a la playa para acostarnos todos juntos y a mí me decían que salga de ahí, que no ves, que vaya a la cocina. Y no lo vi más. Ni a mi abuelo ni a esa lona tampoco porque dijeron que no servía, que estaba vieja.
***
4
Me voy a la calesita. Ella me grita que no puede, que hace la sopa. Grita y corta la zanahoria y el zapallito hasta que saltan al piso. Yo le pido que vayamos a la calesita pero se enoja peor. Bajé sola la escalera y en la vereda doblé y seguí caminando por la vía muerta del tranvía. Es más lindo por ahí porque el pasto se mueve debajo de las zapatillas. Arranqué esas flores lilas del costado y me fui chupándoles el tallo verde.
Cuando llegué, el calesitero estaba del lado de adentro. Le golpeé la reja y salió. Me pregunta que qué hago y yo le pregunto que a qué hora va a abrir. Falta, dice, falta. Dice que son las diez todavía, entonces me siento. Yo espero, total... Espero tranquila. El árbol más alto se mueve y las hojas me hacen cosquillas en los ojos con la luz, así que a cada rato tengo que bajar las pestañas y la cabeza.
Los caballos y la carroza y todo está tapado con la lona. Cuando se levante, corro y me subo. El calesitero silba y me mira. Agarró la campana de madera de la sortija y se puso a lustrarla. Yo miro para otro lado pero creo que falta poco. Le pregunté la hora y me pregunta qué hago acá tan temprano. Le cuento que ella está picando la sopa y no tenía tiempo. ¿Falta mucho?, le digo. A cada rato se ríe y dice que falta. Ahí me pongo triste y miro la lona. Levanto los coquitos de los eucaliptos y hago que juego. Ahora tengo hambre y me siento y me aprieto la barriga. Espero. Levanté la cabeza y miré el sol. Por la calle veo un auto negro que se para y ella baja y me llama a los gritos antes de bajarse, asomada por la ventanilla. Me dice que me anduvo buscando en toda la casa, por todos lados, que me quede tranquila así sentada. Ella me abraza y llora. Yo no le creo porque me agarra muy fuerte, no como si me estuviera retando pero parecido. Que le prometa que no lo voy a hacer más, que a la tarde me trae pero que por favor no le haga más esto. Me compra un pirulín y no le creo. Volvemos a casa y subo la escalera yo primero. Desde abajo hay olor a sopa rica, la que ella hace.
**
De Una letra familiar, bajo la luna editorial, 2007.
Yo me acuerdo cuando una vez a la tarde no fuimos a la playa porque mi abuelo se murió en el jardín de adelante. Estaba jugando con él a subirnos a las rejas de la ventana, y de repente él se cansó y me dijo que iba a dormir una siestita. Yo estaba parada junto al rosal, entonces él vino y se acostó al lado mío para dormirse acompañado. Pero vino mi madre y la abuela Sara salía y entraba de la casa a los gritos haciendo un escándalo que no entendía. Lo van a despertar, me decía yo, está lo más tranquilo y lo están molestando. Y a mí me sacaron del jardín y después no pudimos ir ni a los médanos. Me gritaban que me quede quieta y callada. Y mi abuelo se fue, porque yo no lo vi más. Y ahora cuando me preguntan digo que se murió a la siesta. Ni él ni yo nos hicimos problema. Estaba tan tranquilo, y ellos vinieron y lo jorobaron todo el tiempo. Lo taparon con una lona grande que llevábamos a la playa para acostarnos todos juntos y a mí me decían que salga de ahí, que no ves, que vaya a la cocina. Y no lo vi más. Ni a mi abuelo ni a esa lona tampoco porque dijeron que no servía, que estaba vieja.
***
4
Me voy a la calesita. Ella me grita que no puede, que hace la sopa. Grita y corta la zanahoria y el zapallito hasta que saltan al piso. Yo le pido que vayamos a la calesita pero se enoja peor. Bajé sola la escalera y en la vereda doblé y seguí caminando por la vía muerta del tranvía. Es más lindo por ahí porque el pasto se mueve debajo de las zapatillas. Arranqué esas flores lilas del costado y me fui chupándoles el tallo verde.
Cuando llegué, el calesitero estaba del lado de adentro. Le golpeé la reja y salió. Me pregunta que qué hago y yo le pregunto que a qué hora va a abrir. Falta, dice, falta. Dice que son las diez todavía, entonces me siento. Yo espero, total... Espero tranquila. El árbol más alto se mueve y las hojas me hacen cosquillas en los ojos con la luz, así que a cada rato tengo que bajar las pestañas y la cabeza.
Los caballos y la carroza y todo está tapado con la lona. Cuando se levante, corro y me subo. El calesitero silba y me mira. Agarró la campana de madera de la sortija y se puso a lustrarla. Yo miro para otro lado pero creo que falta poco. Le pregunté la hora y me pregunta qué hago acá tan temprano. Le cuento que ella está picando la sopa y no tenía tiempo. ¿Falta mucho?, le digo. A cada rato se ríe y dice que falta. Ahí me pongo triste y miro la lona. Levanto los coquitos de los eucaliptos y hago que juego. Ahora tengo hambre y me siento y me aprieto la barriga. Espero. Levanté la cabeza y miré el sol. Por la calle veo un auto negro que se para y ella baja y me llama a los gritos antes de bajarse, asomada por la ventanilla. Me dice que me anduvo buscando en toda la casa, por todos lados, que me quede tranquila así sentada. Ella me abraza y llora. Yo no le creo porque me agarra muy fuerte, no como si me estuviera retando pero parecido. Que le prometa que no lo voy a hacer más, que a la tarde me trae pero que por favor no le haga más esto. Me compra un pirulín y no le creo. Volvemos a casa y subo la escalera yo primero. Desde abajo hay olor a sopa rica, la que ella hace.
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De Una letra familiar, bajo la luna editorial, 2007.
domingo, 24 de octubre de 2010
“Guarda con la nena, gilún”
Una letra familiar
(Fragmento)
7
Fue la vez que lo vi en calzoncillos. La impresión que me dio verlo así y llorando con una congoja, todo, la primera vez que lo vi así.
–Cerrá la puerta, cerrala, por favor –le dijo a mi madre y corrió a sentarse en la cama de espaldas haciendo como que miraba la ventana. Y mi madre me miró entonces con una cara medio de perro y cerró con llave.
Pero seguía llorando tan fuerte. Antes de que mi madre cerrara la puerta lo vi agachado agarrándose la pelada, y aplaudía y lloraba. Eso es la desazón, digo ahora. Después me contaron que fue cuando se murió la abuela Sara, y yo era chica, no sabía.
Mi padre era feo en calzoncillos. Me di media vuelta y me fui al jardín. Eran como las ocho, casi de noche, pero me fui igual, así los mosquitos me comieran cruda, no pensaba entrar a la casa hasta que no oyera que dejó de llorar. Blanca era la camiseta y el calzoncillo a rayitas grises, feísimo y largo, no era como su traje de baño azul, era otra cosa.
***
15
Mi tío Mario me llevó ayer a la cancha, a la popu, como él dice. Había que subir por unas gradas altísimas y cuando llegamos casi arriba de todo, él me dijo sentate y había que sentarse ahí, en esa especie de tablones de cemento. “Esto es Boca, mirá bien, mirá todo.” Se saludaba con medio mundo y se reía con una alegría que no le vi nunca. Yo estaba como atontada por el barullo tremendo que hacía la gente pero más que nada estaba esperando al panchero porque Mario me había prometido pancho y Bidú. “Una fiesta nos vamos a dar, vas a ver.” Y el hombre vino y todo, y mi tío me compró pero recién en el entretiempo. Así que el primer tiempo lo vi más o menos esperando. Cuando entraron los de Boca a la cancha se paró el mundo entero y yo creí que me caía porque parecía que el piso temblaba a lo bestia, y los de arriba se agarraban de los que estábamos más abajo. “Guarda con la nena, gilún”, gritó Mario a no sé quién y me sostenía muerto de risa. Yo me senté pero él se quedó parado todo el tiempo y saltaba. Para olvidarme del miedo levanté la cabeza y ahí vi la cancha por primera vez. Enorme, con los jugadores como mosquitos ahí abajo, corrían y se caían y seguían jugando como si los golpes que se daban no les hicieran un pito. Ni un gol en el primer tiempo. Mario se tomó una cerveza entera y estaba con bronca. Hablaba con todos y se ve que era amigo del panchero porque no le cobró nada; cuando me dio la Bidú me acarició la cabeza y Mario sacó del bolsillo de la campera un Nuestra Palabra* dobladito en cuatro, le levantó la gorra y se lo puso ahí; el panchero se acomodó la gorra de vuelta y me guiñó un ojo: “Boca está que pela; gracias, cumpa”, le dijo y subió hasta arriba de todo.
Uno que se agarraba de los hombros de Mario gritó de golpe: “Golazo, viva Perón, carajo”. Yo me di vuelta y vi justo la cerveza que le escupió Mario empapándole la camisa y la cara. “Rajá, gorila, comunista de mierda”, le dijo el tipo sacudiéndose la camisa.
“Quedate tranquilo que cuando venga la revolución todos vamo’ a ser bosteros; ¡andá a que te la lave Evita!” –le gritó Mario y me agarró de la mano y bajamos como cuatro escalones–. Viste qué fiesta, Boca campeón, Booo, gritaba. Me dio risa y después no me costó nada llegar hasta abajo.
A la salida cantamos juntos “Merceditas” como 10 cuadras seguidas sin parar, chochos porque Boca ganó. Cuando cantamos juntos es lo mejor de todo.
*Periódico del Partido Comunista argentino.
**
De Una letra familiar, bajo la luna editorial.
(Fragmento)
7
Fue la vez que lo vi en calzoncillos. La impresión que me dio verlo así y llorando con una congoja, todo, la primera vez que lo vi así.
–Cerrá la puerta, cerrala, por favor –le dijo a mi madre y corrió a sentarse en la cama de espaldas haciendo como que miraba la ventana. Y mi madre me miró entonces con una cara medio de perro y cerró con llave.
Pero seguía llorando tan fuerte. Antes de que mi madre cerrara la puerta lo vi agachado agarrándose la pelada, y aplaudía y lloraba. Eso es la desazón, digo ahora. Después me contaron que fue cuando se murió la abuela Sara, y yo era chica, no sabía.
Mi padre era feo en calzoncillos. Me di media vuelta y me fui al jardín. Eran como las ocho, casi de noche, pero me fui igual, así los mosquitos me comieran cruda, no pensaba entrar a la casa hasta que no oyera que dejó de llorar. Blanca era la camiseta y el calzoncillo a rayitas grises, feísimo y largo, no era como su traje de baño azul, era otra cosa.
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15
Mi tío Mario me llevó ayer a la cancha, a la popu, como él dice. Había que subir por unas gradas altísimas y cuando llegamos casi arriba de todo, él me dijo sentate y había que sentarse ahí, en esa especie de tablones de cemento. “Esto es Boca, mirá bien, mirá todo.” Se saludaba con medio mundo y se reía con una alegría que no le vi nunca. Yo estaba como atontada por el barullo tremendo que hacía la gente pero más que nada estaba esperando al panchero porque Mario me había prometido pancho y Bidú. “Una fiesta nos vamos a dar, vas a ver.” Y el hombre vino y todo, y mi tío me compró pero recién en el entretiempo. Así que el primer tiempo lo vi más o menos esperando. Cuando entraron los de Boca a la cancha se paró el mundo entero y yo creí que me caía porque parecía que el piso temblaba a lo bestia, y los de arriba se agarraban de los que estábamos más abajo. “Guarda con la nena, gilún”, gritó Mario a no sé quién y me sostenía muerto de risa. Yo me senté pero él se quedó parado todo el tiempo y saltaba. Para olvidarme del miedo levanté la cabeza y ahí vi la cancha por primera vez. Enorme, con los jugadores como mosquitos ahí abajo, corrían y se caían y seguían jugando como si los golpes que se daban no les hicieran un pito. Ni un gol en el primer tiempo. Mario se tomó una cerveza entera y estaba con bronca. Hablaba con todos y se ve que era amigo del panchero porque no le cobró nada; cuando me dio la Bidú me acarició la cabeza y Mario sacó del bolsillo de la campera un Nuestra Palabra* dobladito en cuatro, le levantó la gorra y se lo puso ahí; el panchero se acomodó la gorra de vuelta y me guiñó un ojo: “Boca está que pela; gracias, cumpa”, le dijo y subió hasta arriba de todo.
Uno que se agarraba de los hombros de Mario gritó de golpe: “Golazo, viva Perón, carajo”. Yo me di vuelta y vi justo la cerveza que le escupió Mario empapándole la camisa y la cara. “Rajá, gorila, comunista de mierda”, le dijo el tipo sacudiéndose la camisa.
“Quedate tranquilo que cuando venga la revolución todos vamo’ a ser bosteros; ¡andá a que te la lave Evita!” –le gritó Mario y me agarró de la mano y bajamos como cuatro escalones–. Viste qué fiesta, Boca campeón, Booo, gritaba. Me dio risa y después no me costó nada llegar hasta abajo.
A la salida cantamos juntos “Merceditas” como 10 cuadras seguidas sin parar, chochos porque Boca ganó. Cuando cantamos juntos es lo mejor de todo.
*Periódico del Partido Comunista argentino.
**
De Una letra familiar, bajo la luna editorial.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Así no se puede morir una
Una letra familiar
(fragmentos)
**
A la par de su padre como una sombra
y de su madre como la otra
no nombrada. Encrucijada y todas las versiones
de una misma, que no puede partir
la diferencia.
Lelé Santilli
¿Por qué estaba el tiempo eternamente inmóvil en un lugar y se disipaba y precipitaba en otro?”
W.G. SEBALD
**
6
La arena es más pesada aquí que en la playa. Pero subir los médanos hasta esta loma me gusta. Ahí viene el verde, ahí se va, empieza la loma.
Me siento en la arena y me acuesto, así miro el cielo y todo desde arriba, hasta la zorra ahí abajo que carga vaya a saber qué porque está siempre vacía y la vía es corta y toda oxidada, no llega ni al fondo de ese pozo grande de arena; los primos y mis hermanos venimos corriendo y unos nos metemos ahí adentro, y los que se quedan abajo la empujan, y los que estamos arriba nos morimos de risa. Allá lejos está el faro gordo que avisa a los barcos. Arranco las uñas de gato y les saco el jugo; después me limpio con la arena porque es más pegajoso que mi abuela. ¿Para qué vas sola al médano? –me preguntó mi madre ayer y anteayer también–. ¿Por qué no te quedás con Selva, que es más grande? Y yo me vengo aunque me canse las piernas y me lastime con los yuyos. Apurada y sola, y no tengo miedo ni frío.
Selva me enseñó el otro día una oración que dice “El viento ulula”. Me la pasé diciéndomela porque es linda y es la verdad: el viento ulula y aquí arriba hasta la arena ulula. A mi madre le da miedo por el frío porque justo subo cuando va a bajarse el sol. Yo estoy alta y lo miro bajar tan despacio... Ahí empieza a ponerse todo blanco, hasta el pasto del mismo color; el aire tiene un color rarísimo después de lo dorado que se pone antes de que el sol se muera, cuando no aparece más. Vengo a la loma de arriba y digo “El viento ulula” sin que nadie me hinche. Yo me quedo quieta, casi ni respiro hasta que lo tapa un médano.
***
12
Veo la lluvia. Desde esta ventanita, la mejor de toda la casa, apenas veo entero el mandarinero y el costado de los lirios. Acá vengo a estar triste. No como la dentadura postiza de mi padre. La pone en una taza en la mesita de luz y se duerme la siesta. Cuando yo me muera no quiero ser como esa taza ni la dentadura puesta ahí. Estar triste es distinto porque es algo hermoso, no feo como eso. Él cuando duerme a veces sonríe pero a veces no, porque está con esa cara sin la dentadura. Se queda con el diario abierto entre las manos y a veces se le cae al piso; eso a mí y a mi hermano nos da risa. “Miralo, miralo ahora”, me dice mi hermano, y ahí tenemos que salir corriendo porque se puede despertar y ahí mi madre nos mata.
Veo la taza y no me da ganas de mirarlo. Entonces me vengo acá, a la pieza de cachivaches del fondo. Hay de todo aquí adentro pero no me interesa nada. Me doy vuelta y escucho mejor la lluvia. Hago como la del libro que mi madre nos leyó el otro día, Alicia en el país de las maravillas. Esa Alicia es más triste que yo. Se mete por todos lados, no sé de qué maravillas hablan, pero para mí que lo hace de seria que está. Y todavía no entendí bien qué le pasa, por qué es así de sola en su jardín y en su pieza. Huérfana debe ser, seguro, me debo haber perdido la parte que lo explican. Casi al final me aburrí del libro y me fui a otro lado. Hacía demasiadas cosas, iba a demasiados lados para mí. El libro del pájaro azul es más lindo. Y con ese nombre... Alicia parece una chica rica, con esos vestidos tan lindos de los dibujos.
Está parando y las gotitas chorrean de las mandarinas como si las hubieran pintado encima y la pintura les chorreara. Yo no vengo a pensar. Para pensar está el paraíso con el jazmín del país alrededor. Estar triste es otra cosa. Ni canto ni nada. Miro el pasto y lo hago de blanco y negro. Como una película terrible. Cuando yo me muera quiero que todo sea en blanco y negro. Así no se puede morir una, tiene que ser una tristeza perfecta.
***
17
La flor del cardo tiene el color más hermoso. Es tan hermosa como el girasol. Pienso en lo que le debe haber costado crecer en la arena y encima con ese tallo feo llegar a dar esa flor preciosa. Cuando sea escritora voy a contar esto.
(fragmentos)
**
A la par de su padre como una sombra
y de su madre como la otra
no nombrada. Encrucijada y todas las versiones
de una misma, que no puede partir
la diferencia.
Lelé Santilli
¿Por qué estaba el tiempo eternamente inmóvil en un lugar y se disipaba y precipitaba en otro?”
W.G. SEBALD
**
6
La arena es más pesada aquí que en la playa. Pero subir los médanos hasta esta loma me gusta. Ahí viene el verde, ahí se va, empieza la loma.
Me siento en la arena y me acuesto, así miro el cielo y todo desde arriba, hasta la zorra ahí abajo que carga vaya a saber qué porque está siempre vacía y la vía es corta y toda oxidada, no llega ni al fondo de ese pozo grande de arena; los primos y mis hermanos venimos corriendo y unos nos metemos ahí adentro, y los que se quedan abajo la empujan, y los que estamos arriba nos morimos de risa. Allá lejos está el faro gordo que avisa a los barcos. Arranco las uñas de gato y les saco el jugo; después me limpio con la arena porque es más pegajoso que mi abuela. ¿Para qué vas sola al médano? –me preguntó mi madre ayer y anteayer también–. ¿Por qué no te quedás con Selva, que es más grande? Y yo me vengo aunque me canse las piernas y me lastime con los yuyos. Apurada y sola, y no tengo miedo ni frío.
Selva me enseñó el otro día una oración que dice “El viento ulula”. Me la pasé diciéndomela porque es linda y es la verdad: el viento ulula y aquí arriba hasta la arena ulula. A mi madre le da miedo por el frío porque justo subo cuando va a bajarse el sol. Yo estoy alta y lo miro bajar tan despacio... Ahí empieza a ponerse todo blanco, hasta el pasto del mismo color; el aire tiene un color rarísimo después de lo dorado que se pone antes de que el sol se muera, cuando no aparece más. Vengo a la loma de arriba y digo “El viento ulula” sin que nadie me hinche. Yo me quedo quieta, casi ni respiro hasta que lo tapa un médano.
***
12
Veo la lluvia. Desde esta ventanita, la mejor de toda la casa, apenas veo entero el mandarinero y el costado de los lirios. Acá vengo a estar triste. No como la dentadura postiza de mi padre. La pone en una taza en la mesita de luz y se duerme la siesta. Cuando yo me muera no quiero ser como esa taza ni la dentadura puesta ahí. Estar triste es distinto porque es algo hermoso, no feo como eso. Él cuando duerme a veces sonríe pero a veces no, porque está con esa cara sin la dentadura. Se queda con el diario abierto entre las manos y a veces se le cae al piso; eso a mí y a mi hermano nos da risa. “Miralo, miralo ahora”, me dice mi hermano, y ahí tenemos que salir corriendo porque se puede despertar y ahí mi madre nos mata.
Veo la taza y no me da ganas de mirarlo. Entonces me vengo acá, a la pieza de cachivaches del fondo. Hay de todo aquí adentro pero no me interesa nada. Me doy vuelta y escucho mejor la lluvia. Hago como la del libro que mi madre nos leyó el otro día, Alicia en el país de las maravillas. Esa Alicia es más triste que yo. Se mete por todos lados, no sé de qué maravillas hablan, pero para mí que lo hace de seria que está. Y todavía no entendí bien qué le pasa, por qué es así de sola en su jardín y en su pieza. Huérfana debe ser, seguro, me debo haber perdido la parte que lo explican. Casi al final me aburrí del libro y me fui a otro lado. Hacía demasiadas cosas, iba a demasiados lados para mí. El libro del pájaro azul es más lindo. Y con ese nombre... Alicia parece una chica rica, con esos vestidos tan lindos de los dibujos.
Está parando y las gotitas chorrean de las mandarinas como si las hubieran pintado encima y la pintura les chorreara. Yo no vengo a pensar. Para pensar está el paraíso con el jazmín del país alrededor. Estar triste es otra cosa. Ni canto ni nada. Miro el pasto y lo hago de blanco y negro. Como una película terrible. Cuando yo me muera quiero que todo sea en blanco y negro. Así no se puede morir una, tiene que ser una tristeza perfecta.
***
17
La flor del cardo tiene el color más hermoso. Es tan hermosa como el girasol. Pienso en lo que le debe haber costado crecer en la arena y encima con ese tallo feo llegar a dar esa flor preciosa. Cuando sea escritora voy a contar esto.
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