El maestro se acerca al pollerón plisado
y roba del bolsillo el pañuelito
de su madre. Llora
como una mujer, y le pide a Dios
fortaleza, misericordia,
que lleve a esa mujer con Él.
Aprieta la puntilla
del pañuelo y llora;
desearía correr a la estación de trenes,
hundirse en la niebla, en el humo pero aquí,
en la campiña, esas cosas no ocurren,
se muere de otra cosa,
se muere de cosas pequeñas.
Bajo un árbol, sencilla,
Madame Flaubert descansa.
Inédito
Páginas
martes, 20 de diciembre de 2011
jueves, 15 de diciembre de 2011
Del lat. vulg. exquintiāre, desgarrar
Capítulo final de El esguince
(Inédito)
(Der. del lat. vulg. exquintiāre, desgarrar).
1. m. Torcedura violenta y dolorosa de una articulación, de carácter menos grave que la luxación.
2. m. Ademán hecho con el cuerpo, hurtándolo y torciéndolo para evitar un golpe o una caída.
3. m. Movimiento del rostro o del cuerpo, o gesto con que se demuestra disgusto o desdén.
Y aun así, esa mujer que hace un rato nomás corría y atravesaba la sala a los gritos, como podía corrió, se dio vuelta —y con los dedos se toca los labios secos, tiene sed pero no recuerda cómo se dice o cómo se pide—, esa mujer que ahora busca en su batón algo, tampoco sabe qué busca o qué tiene en los bolsillos o en el cuello del batón pero hurga, se arregla y desarregla las solapas, pega un aullido de horror por lo que ve, unos siete u ocho viejos y viejas resignados, enfermos, a los que el deseo y la voluntad los abandonaron en la puerta de Doblas 2478, “Por seguridad manténgase cerrada. Gracias. La Administración”. Ahora se sostiene de la manija de la heladerita, mirad cómo la abre de un tirón. Con no se sabe qué fuerza —sí se sabe—, consigue sacar las dos jarras de jugo antes de que la señorita Clara y don Pedro, dueño y director del Hogar, puedan acercársele; vean cómo lanza el líquido helado y de sutil color naranja a los viejos, a la señorita Clara y a don Pedro, al piso y a la ventana, y ríe, se moja los labios por primera vez y se ríe. ¡Compañeros!, ¡El pueeeblo, uniido, jamaaaás será venciiiido!, ¡abajo el imperialiiismo, abaaajo!, ¡la dictadura abaajo!, ¡Pan!, ¡trabaaajo!, Selvita, no te mueras, hijita querida, no me peguen, ¡no me grités, cana de mierda!, ¡a-se-sí-nos, a-se-sí-nos!, ¡la van a pagar!, pasame encima nomás, pasame, a ver.
Luego es llevada otra vez a su silla, la secan con un toallón y desde atrás rodean su cintura con simples tiras de gasa que son atadas, a su vez, a la silla. Mi madre ya no se rebela; mira el techo y se retuerce las manos, se acuerda, ahora se acuerda: pide un Cabsha.
Juana llora, abre su cartera y saca un pañuelo, se lo pasa por la cara. “¿Vos trajiste?”
Le contesto que sí, traje, y de la mochila sale entonces una bolsa repleta de bocaditos de dulce de leche. Como a ella le gustaban, pienso; ahora pienso en pasado, me digo: “Algo dulce viene bien”.
—¿Esto es lo que querías? —pregunto mientras quito el papel que recubre lo que pongo en su boca.
I.G.
(Inédito)
(Der. del lat. vulg. exquintiāre, desgarrar).
1. m. Torcedura violenta y dolorosa de una articulación, de carácter menos grave que la luxación.
2. m. Ademán hecho con el cuerpo, hurtándolo y torciéndolo para evitar un golpe o una caída.
3. m. Movimiento del rostro o del cuerpo, o gesto con que se demuestra disgusto o desdén.
Y aun así, esa mujer que hace un rato nomás corría y atravesaba la sala a los gritos, como podía corrió, se dio vuelta —y con los dedos se toca los labios secos, tiene sed pero no recuerda cómo se dice o cómo se pide—, esa mujer que ahora busca en su batón algo, tampoco sabe qué busca o qué tiene en los bolsillos o en el cuello del batón pero hurga, se arregla y desarregla las solapas, pega un aullido de horror por lo que ve, unos siete u ocho viejos y viejas resignados, enfermos, a los que el deseo y la voluntad los abandonaron en la puerta de Doblas 2478, “Por seguridad manténgase cerrada. Gracias. La Administración”. Ahora se sostiene de la manija de la heladerita, mirad cómo la abre de un tirón. Con no se sabe qué fuerza —sí se sabe—, consigue sacar las dos jarras de jugo antes de que la señorita Clara y don Pedro, dueño y director del Hogar, puedan acercársele; vean cómo lanza el líquido helado y de sutil color naranja a los viejos, a la señorita Clara y a don Pedro, al piso y a la ventana, y ríe, se moja los labios por primera vez y se ríe. ¡Compañeros!, ¡El pueeeblo, uniido, jamaaaás será venciiiido!, ¡abajo el imperialiiismo, abaaajo!, ¡la dictadura abaajo!, ¡Pan!, ¡trabaaajo!, Selvita, no te mueras, hijita querida, no me peguen, ¡no me grités, cana de mierda!, ¡a-se-sí-nos, a-se-sí-nos!, ¡la van a pagar!, pasame encima nomás, pasame, a ver.
Luego es llevada otra vez a su silla, la secan con un toallón y desde atrás rodean su cintura con simples tiras de gasa que son atadas, a su vez, a la silla. Mi madre ya no se rebela; mira el techo y se retuerce las manos, se acuerda, ahora se acuerda: pide un Cabsha.
Juana llora, abre su cartera y saca un pañuelo, se lo pasa por la cara. “¿Vos trajiste?”
Le contesto que sí, traje, y de la mochila sale entonces una bolsa repleta de bocaditos de dulce de leche. Como a ella le gustaban, pienso; ahora pienso en pasado, me digo: “Algo dulce viene bien”.
—¿Esto es lo que querías? —pregunto mientras quito el papel que recubre lo que pongo en su boca.
I.G.
Una vieja versión
Paisaje
Tranquila, segura,
di luz desde el faro.
He ilusionado una tierra cercana
y cálida, a quien quiso creer.
Contemplé el remolino lento
del barco hundiéndose,
he visto resarcir la buena madera de tu barco, y
giré hacia otro lado: esta torre me permite divagar y
dar la espalda, o mirar de frente
los barcos útiles,
los ebrios, los barcos de humilde condición,
todos sometidos por Agua y Viento.
La luz apenas les avisa
o los embauca.
Tranquila, casi segura, porque
esto ya se acaba:
bajo por la escalinata del faro a andar
sobre las dunas. Ése es el barco que
me trajo hasta aquí. Ése es el náufrago:
morir bajo el sol hubiera sido pleno.
La arena hace cosquillas, quema;
voy a arrancar los dientes de león;
la dicha es tosca como esos cardos anclados.
miércoles, 7 de diciembre de 2011
Una mujer en la arena*
Sangre y arena
hay en el círculo exacto,
en pleno día muere el toro
o el torero,
sangre y arena
en el sitio exacto:
la arena atrae la humedad,
dice la mujer desde el foso,
apunta al actor: “Sin víctimas, amor,
sin víctimas”,
sangre y arena hay en mi corazón.
Nota: el título es homónimo del film de Hiroshi Teshigahara; las comillas pertenecen a Eduardo Mileo.
De La dicha, bajo la luna editorial, 2004
martes, 6 de diciembre de 2011
El pescador
Allá atrás, dándole la espalda, está el mar.
Protesta como siempre. Va y viene.
Demasiada humedad, me digo como si le hablara.
Así avanzo, dejo la playa.
Que se impresionen otros, que se maravillen.
Que el pescador lo enfrente,
lo entienda.
Inédito
Protesta como siempre. Va y viene.
Demasiada humedad, me digo como si le hablara.
Así avanzo, dejo la playa.
Que se impresionen otros, que se maravillen.
Que el pescador lo enfrente,
lo entienda.
Inédito
viernes, 2 de diciembre de 2011
Ese ulular
Estoy viva.
Acabo de sepultar a mis seres queridos.
Aquí en el cementerio los árboles murmuran
una música parecida al mar.
El sol apenas se entrevé en el cielo
porque empieza el otoño. Camino
hacia la salida con una flor en la mano.
Antes, cuando eché el primer puñado de tierra
sobre mis seres queridos, muertos,
el mundo se abría a mis pies como una tumba. Mas
ahora no: escucho el viento
y ese ulular de ramas
es tan hermoso
que siento que lloro.
De Solo de contralto, recopilado en La mitad de la verdad (bajo la luna editorial, 2008)
martes, 29 de noviembre de 2011
Le hablo a la pared II
VIII
La gota que horada la piedra:
te amo clau
evita vuelve
boca putos racing
corazón
***
XIII
Guay del que contradiga
lo que la pared dice, el clavo
que sujeta el espejo, la foto
de mamá, sangre
en el muro, la soga
del ahorcado, la de la ropa.
De La pared, inédito (de próxima aparición)
La gota que horada la piedra:
te amo clau
evita vuelve
boca putos racing
corazón
***
XIII
Guay del que contradiga
lo que la pared dice, el clavo
que sujeta el espejo, la foto
de mamá, sangre
en el muro, la soga
del ahorcado, la de la ropa.
De La pared, inédito (de próxima aparición)
miércoles, 23 de noviembre de 2011
SOBRE EL ACTOR
I
Es pavoroso: qué clase
de persona
debo ser que la gente sólo pide
o necesita,
aplaude o abuchea
el papel que cumplo.
De Solo de contralto
***
II
El efecto es impagable: el actor,
que hace de padre que
mira a su hija,
recién muerta, abre la boca
y con los ojos, desencajados como la boca,
pega un grito mudo, un silencio
brutal, la cámara filma en primerísimo plano
la voz que no sale,
hasta que el actor,
y siempre con su boca abierta y
desencajada, como sus ojos, saca
de no sé qué garganta, quién
dirige el gutural, el gemido
insoportable, como si sufriera
demasiado.
De Solo de contralto
***
III
El actor sufría demasiado.
Pegaba un grito ensordecedor y
se hincaba ante Dios como una mula.
El sonidista quería más,
algo peor, algo
agonizante.
Cuando filmaban el rostro desencajado del padre
que mira a su hija recién muerta, como los ojos, desencajados,
el sonidista giró la perilla.
“Esa boca abierta y muda es veraz”,
dijo, y salió del estudio.
Inédito
**
(En tributo a Francis F. Coppola)
Es pavoroso: qué clase
de persona
debo ser que la gente sólo pide
o necesita,
aplaude o abuchea
el papel que cumplo.
De Solo de contralto
***
II
El efecto es impagable: el actor,
que hace de padre que
mira a su hija,
recién muerta, abre la boca
y con los ojos, desencajados como la boca,
pega un grito mudo, un silencio
brutal, la cámara filma en primerísimo plano
la voz que no sale,
hasta que el actor,
y siempre con su boca abierta y
desencajada, como sus ojos, saca
de no sé qué garganta, quién
dirige el gutural, el gemido
insoportable, como si sufriera
demasiado.
De Solo de contralto
***
III
El actor sufría demasiado.
Pegaba un grito ensordecedor y
se hincaba ante Dios como una mula.
El sonidista quería más,
algo peor, algo
agonizante.
Cuando filmaban el rostro desencajado del padre
que mira a su hija recién muerta, como los ojos, desencajados,
el sonidista giró la perilla.
“Esa boca abierta y muda es veraz”,
dijo, y salió del estudio.
Inédito
**
(En tributo a Francis F. Coppola)
sábado, 12 de noviembre de 2011
Pasaje
Es un gran pintor Ezra, dijo el tío, sólo
que cuando el pincel está ya sin pintura
no vuelve a la paleta, lo aplica seco,
pincelada tras pincelada, seco como el río
de sus sueños (...)
Jorge Aulicino
Cuando ya no importe
el cuerpo, la humillación,
la flojedad de un pensamiento
desnudo, humillado como el cuerpo,
y eso que percute y que todos llaman deseo, mi Dios,
¿existe palabra así prosaica o ruin? Cuando no importe el sentido,
raspa la tela del sentido un pincel seco,
nada más que cerda, restos del pincel
que raspan una tela, vacía, por fin, he llegado al blanco absoluto,
al defecto.
Cuando no importe,
ni siquiera alcance ni
impresione, mucho menos esto
que algunos creen la flor de la expresión,
Dios mío, qué será eso
sino apenas la burla
o la oquedad de algo parecido
a hemorroides, estrías, agua bajo el puente,
humillación, decía. Y no importe
la luz,
nada menos que la luz,
era de día y holgazaneábamos
mirando el cielo entre las copas de los árboles,
abedules en cine ruso; soviético, para ser clara.
Y no importe evidentemente la historia
o el dolor de la historia
o los hechos en sí,
sin perspectiva,
como esa tela raspada, violentada
por un pincel seco, olvidadizo,
a cubierto de la repetición
y del miedo
a morir, a que mueran, a
los que murieron sin mí,
y a que los viven sin mí, o cómo puedo estar
sin los que viven, y ya
no importe el color de la cortina, su revoloteo,
eso que pasa no importe
porque no importa el cuerpo
lineal en cada cosa
sobrentendida, sin lucha,
casi perdida o humillada. Y el pasaje no sea mensaje.
que cuando el pincel está ya sin pintura
no vuelve a la paleta, lo aplica seco,
pincelada tras pincelada, seco como el río
de sus sueños (...)
Jorge Aulicino
Cuando ya no importe
el cuerpo, la humillación,
la flojedad de un pensamiento
desnudo, humillado como el cuerpo,
y eso que percute y que todos llaman deseo, mi Dios,
¿existe palabra así prosaica o ruin? Cuando no importe el sentido,
raspa la tela del sentido un pincel seco,
nada más que cerda, restos del pincel
que raspan una tela, vacía, por fin, he llegado al blanco absoluto,
al defecto.
Cuando no importe,
ni siquiera alcance ni
impresione, mucho menos esto
que algunos creen la flor de la expresión,
Dios mío, qué será eso
sino apenas la burla
o la oquedad de algo parecido
a hemorroides, estrías, agua bajo el puente,
humillación, decía. Y no importe
la luz,
nada menos que la luz,
era de día y holgazaneábamos
mirando el cielo entre las copas de los árboles,
abedules en cine ruso; soviético, para ser clara.
Y no importe evidentemente la historia
o el dolor de la historia
o los hechos en sí,
sin perspectiva,
como esa tela raspada, violentada
por un pincel seco, olvidadizo,
a cubierto de la repetición
y del miedo
a morir, a que mueran, a
los que murieron sin mí,
y a que los viven sin mí, o cómo puedo estar
sin los que viven, y ya
no importe el color de la cortina, su revoloteo,
eso que pasa no importe
porque no importa el cuerpo
lineal en cada cosa
sobrentendida, sin lucha,
casi perdida o humillada. Y el pasaje no sea mensaje.
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