jueves, 16 de junio de 2016

Aída, no sabés. ¿Qué cosa?, ¿libertadora, qué libertadora? ¡Dios mío!

9

Aparecieron unos tanques por la avenida. Los tanques son peores que el viento cuando quiere romper todo. Pasan y hacen un ruido que tapa hasta los oídos. Mi madre nos agarra como abrazándonos y nos tira a Selva y a mí por atrás del tapado. Mi hermano se escapó corriendo y volvió llorando. Ella lo levantó en brazos y se puso a gritar “¡Asesinos!”.
Selva se ríe de nervios y yo me asusto por los tirones. Ahí me doy cuenta de que mi madre también está nerviosa; tiene ásperas las manos y están sudadas. Cuando llegamos a casa, le pide a Selva que ponga Radio Colonia, así se entera mejor. Con la cartera todavía colgada del brazo, agarra el teléfono y llama a la tía Aída. Gritando dice: “Aída, no sabés. ¿Qué cosa?, ¿libertadora, qué libertadora? ¡Dios mío!, hay que terminar esos vestidos, mañana mismo termino las costuras y te veo. Chau.” Y yo sé que hablan de algo que no es eso. ¿Qué vestidos?, si ella no cose y tiene la máquina de la abuela Sara de posaflorero. Ahora dice que vayamos a jugar al jardín y eso quiere decir que se va a poner a anotar unos papeles que siempre terminan en el cesto. O se le caen o los tira hechos un bollo. En el jardín agarré un palito para anotar las letras en la tierra del cantero pelado pero no tuve ganas. Todavía me hinchan los tirones, como si tuviera el tapado puesto y estuviésemos en la avenida. 
A la hora de la cena mi padre casi no habló. Coman, decía ella nada más. Mi padre puso un disco, tiene cara seria o de enojado, si no, no hubiese puesto esa música. Igual, el ruido de las cucharas es más fuerte. Comemos mirando el combinado.


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10

Yo me acuerdo aunque fuera muy chica de cuando mi padre estuvo preso. Me acuerdo porque íbamos los domingos y Selva corría como loca por los pasillos y mi madre la atajaba para que no hiciera bochinche. Ella hacía su famosa torta de limón, y a la entrada nos revisaban a Selva y a mí, y a mi madre aparte, con mi hermano a upa. Y mientras nos tocaban unas gordas horribles, otras desarmaban la torta. “Es la rutina –decían--, a ver si estos comunistas traen algo raro.” Eso decía una gorda pero otra le contestaba que no, “los del comunismo en eso se portan bien, los peores son los otros, los del pabellón 4, esos sí te joden”. Mi madre miraba las migas y las juntaba en su pañuelo para la cabeza, uno que era marrón con cuadrados verdes, de seda vieja. Selva se la pasaba corriendo de un lado a otro como si estuviera en una plaza. En el pabellón estaban contentos, nos convidaban con mate y con pedacitos de torta, alfajores todos aplastados, y al final de la visita sonaba un timbre más fuerte que el del jardín, uno que no terminaba nunca, y ahí mi padre nos daba unos monederitos de hilo sisal que había tejido en la semana, y nos acariciaba la cabeza y las manos como si fuera la última vez que nos veía. Esa cara que ponía no me la olvido; no era que estuviera triste ni serio, era otra cosa que me dejaba la boca seca y no la podía cerrar; se me secaba la garganta y quería irme rápido. Tenía las manos calientes del Bran Metal que había en el pabellón. Hasta me acuerdo del vapor que salía cuando secaban las toallas. Mi madre dice que es increíble que me acuerde tan bien. Pero yo me acuerdo hasta de cuando era más chica todavía; yo tengo una memoria de jabalí.

De Una letra familiar, bajo la luna editorial, 2007.
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